24/10/13

Abu Simbel y el milagro de la luz



Esta foto la hubiese tenido que colgar ayer, 22 de octubre, que es cuando sucedió, pero por un pico de trabajo me fue imposible dedicar el tiempo necesario a la fotografía. Así que vayan por delante mis excusas, ¡oh gran faraón!

En la localidad de Abu Simbel, en la frontera meridional de Egipto, casi tocando a Sudán, hace muchos muchos años, uno de los hombres más importantes e influyentes de la historia, Usermaatre Setepenre Rameses Meriamón –o, como nosotros lo conocemos, Ramsés II– decidió autoproclamarse "dios viviente" y construir, lejos de la capital, Tebas, dos templos apabullantes, excavados en la roca viva, en la ladera de una montaña. Estarían dedicados al poder divino del faraón (él mismo) y, cosa inaudita en toda la historia del antiguo Egipto, a su mujer predilecta: la bella Nefertari, convirtiendo su templo en una declaración de amor del calibre del Taj Mahal.

En ellos, Ramsés II quiso dejar un mensaje "encriptado" a sus enemigos del sur, los nubios, demostrando el tipo de maravillas que su majestad era capaz de realizar, sirviendo de advertencia silenciosa.

Pero Ramsés no tuvo suficiente con la proeza de excavar dichos templos en roca, si no que se permitió hacer lo que, para mi, es una de las maravillas de la ingeniería de todos los tiempos, casi casi casi con la precisión de las Pirámides de Giza. Y, sobretodo, es la demostración palpable de los conocimientos (avanzados) sobre geodesia, astronomía y arquitectura que poseía esa gente.

Ramsés, ni corto ni perezoso, hizo construir su templo de modo que cada 20 de febrero (fecha de su coronación) y cada 20 de octubre (fecha de su nacimiento), los primeros rayos de sol en el amanecer penetraran hacia el interior del templo, dónde se encuentran cuatro estatuas representado cuatro divinidades, él inclusive (de izquierda a derecha: Ptah, Amón, el propio Ramsés y Ra-Horakhty).

La impresionante precisión con la que fue excavado el templo hace que esos rayos de sol den de lleno en la cara de Ramsés II, desplazándose en su camino hacia Ra-Horakhty, dios del sol al alba, inundando con su luz también a Amón, el oculto, dios principal de Tebas. La belleza de esa poesía queda palpable cuando uno descubre que la estatua de Ptah, hoy en día sin cabeza, queda siempre en la penumbra. Normal, si sabemos que ese dios, Ptah, estaba muy estrechamente relacionado con el inframundo.

Lo dicho: pura poesía arquitectónica.

Pero en los años 60, y debido a la construcción de la presa de Aswan, los templos de Abu Simbel junto con todos los templos de la Alta Nubia (Philae, Kalabsha e incluso el de Debod, que se encuentra hoy en día en el centro de Madrid) tuvieron que ser desplazados a puntos más elevados para evitar que quedasen anegados por las aguas del Lago Nasser.

La UNESCO, en una de sus operaciones más famosas y espectaculares, decidió desmantelar los templos para reubicarlos, pero el caso concreto de los templos de Abu Simbel, al estar en una montaña, tuvieron que ser tallados con sierras gigantes, cortados en piezas para luego ser ensambladas de nuevo, en una montaña artificial, 60 metros más arriba.

La operación se realizó con toda la precisión que permitían las herramientas disponibles y, gracias a eso, el fenómeno de Abu Simbel sigue ocurriendo con la misma intensidad y belleza. Pero 2 días después (a causa de ese desplazamiento vertical que sufrió).

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