31/3/14

Descansa en paz, Yayo Harry

Me acaba de dar un bajón de los gordos. Esta mañana me ha dicho mi madre que Harrison había muerto la pasada madrugada.

Cómo era algo que hacía tiempo que se veía venir, y como la vida a veces da vueltas tontas y absurdas, me he tomado la noticia con demasiada tranquilidad. Hacía años que no le veía. No sólo la distancia en kilómetros puede hacer que dos personas se distancien. Él vivía en Florida, yo vivo en Barcelona.

Esta tarde, después de la siesta de Nil, me ha pedido ir al estudio a tocar el piano. Algo que me viene pidiendo hace algunos días. Le gusta aporrear las teclas y usar el slider lateral para distorsionar las notas. Ya tendrá tiempo para aprender. Pero hoy ha sido distinto. Hoy me he quedado con ganas de más. Así que después de cenar, y de ver un capítulo repetido de Modern Family, me he puesto los cascos y me he dedicado a aporrear el piano por mi cuenta.

Tengo algunas nuevas partituras de Elton John (nivel "crazy" según el tío que las ha transcrito) y que nunca voy a ser capaz de interpretar por mi cuenta. Pero lo intento. Me ayuda a desconectar y a admirar a ciertas personas capaces de escribir tales barbaridades.

Una de ellas, la "fácil", es el acompañamiento para piano de la versión cantada por Elton de "Can you feel the love tonight" (el tema que, en 1995, ganó el Oscar de la Academia a la mejor canción por El Rey León).

Sin aguantarme (estaba tocando el piano de pie, ya que no puedo sentarme) y me empezaba a doler la espalda, he hecho lo que he podido. Y sin llegar al estribillo, he tenido que parar, apagar el piano, dejar con tranquilidad los cascos y salir del estudio. A llorar. He acabado lluvioso como el día.

Y he llorado. Mucho.

Por que a mitad de la canción, sin siquiera pensar en ello, me he acordado que fue Harrison quien me compró mi primer libro de partituras, como recompensa por nuestra primera conversación en inglés más allá de los monosílabos. Ni siquiera recuerdo de qué fue esa charla. Sólo recuerdo que fue en su casa (en Florida) un verano muy loco y lleno de huracanes y comuniones. Entre ellas la mía. Estaba tan orgulloso de que al fin hubiésemos roto la barrera comunicativa que nos separaba (aún y mi inglés de instituto), que me llevó a la Disney Store más cercana y me llevó a la sección de libros de música. Me dejó escoger. Y yo elegí el libro de El Rey León, por ser una de las bandas sonoras más increíbles que recuerdo. Además era de ese mismo año (1995). Yo no tenía mucha idea de música por aquel entonces pero me había visto interesado en su Hammond.

Fue uno de esos regalos que marcan.

En ese mismo viaje a EEUU, nos llevó a lo que había sido su antiguo trabajo antes de retirarse: Cabo Cañaveral. Exacto: desde dónde la NASA lanza sus cohetes al espacio. Harrison había sido el encargado del diseño de la electrónica de uno de sus proyectos estrella: el proyecto Mercury (1959-1963), cuya cápsula aún brillaba en el museo (y encima de su escritorio, en versión miniatura). No hablaba mucho de su trabajo (secretismo profesional), pero se le notaba orgulloso cuando se postró frente a ella. Normal. No todo el mundo ha llevado a gente como John Glenn al espacio. O directamente gente, sin nombre concreto.

Ese día, cuando todavía tenía 15 años, decidí que quería ser como él.

A partir de ese momento, nuestras charlas fueron derivando hacia temas más complejos y técnicos. Siempre iba con su libretita de espiral y su lápiz de mina para poder hacer diagramas o cálculos. Y muchos de ellos vinieron a raíz de nuestras pesquisas.

Era un científico. Pero no por ello serio. De hecho, tenía bastante punto de locura. Recuerdo la quemadura que se hizo en la mano al tocar la rueda metálica del Tramvia Blau después de bajar para comprobar la Primera Ley de la Termodinámica. O cuando casi acabamos todos en el cuartelito de algún sheriff de pueblo por casi rebentar la barra del peaje. Íbamos con prisa y en lugar de parar y echar las monedas en la cesta como hace todo el mundo, quiso hacerlo en marcha tirándolas por la ventanilla (obviamente cayeron la mitad fuera con lo que no se abrió la barra).

Dos años después, cuando volvimos a EEUU, ya con mi hermana (que por aquel entonces tendría 4 o 5 añitos), fuimos a Disney World y mi hermana participó en un taller de dibujo Crayon para niños. Yo participé para traducirle a ella lo que tenía que ir haciendo. Los monitores de cada mesa eran animadores de la casa. En la nuestra había un hombre de mediana edad, casi calvo, llamado Ron Valouk y que era uno de los animadores de personajes tan míticos como la Sra. Potts de la Bella y la Bestia o Miko, el mapache de Pocahontas. Aprendimos a dibujar un Goofy y, como era el mayor de una mesa de niños, entablamos conversación.

Un par de meses más tarde, alentado por Harrison, le enviaba un paquete con 24 fotogramas de un personaje creado por mi en el que podían leerse los labios diciendo "Hi Ron, how are you?". Harrison se lo mandó a Ron y al cabo de pocas semanas tenía uno de los regalos más maravillosos que he recibido jamás: una respuesta de Disney pidiéndome que les enviase un portfolio completo con mis dibujos y direcciones de escuelas propias de Disney para entrar en su mundo y aprender sus técnicas, y diciendo en su carta que habían alucinado en que sólo tuviese 17 años.

Naturalmente no acepté "la oferta" porque ello implicaba trasladarme a vivir a EEUU y no lo tenía nada claro.

Aún y mi capacidad creativa, evidente por todos los que me rodeaban, me decidí a hacer la licenciatura de Químicas. Mis motivos eran que quería llegar a ser alguien como Harrison, por mucho que mi madre me dijese que lo mío no eran las ciencias experimentales. Soy bastante patoso, lo admito. Después de haber sacado un 1 en el examen de Selectividad de Química (no haré comentarios al respecto), y de aprender a hostias que 1 litro de agua pesa 1 kg, empecé mi carrera.

Allí conocí a Mireia, de la que podría decirse que me enamoré a primera vista. Y a un grupo de amigos que aún conservo. Mi etapa de química fue, sin duda, una de las mejores que he vivido jamás. Mientras, Harrison me picaba con problemas matemáticos, geométricos, físicos y químicos sin necesidad de ninguna excusa.

Después de darme cuenta de que realmente no me veía en un laboratorio, aunque la Química Teórica me sigue apasionando, hice el paso y me dediqué a lo que realmente me llena: la creatividad y el desarrollo de proyectos. Y hasta hoy.

La vida da muchas vueltas. Y las circunstancias quisieron que perdiésemos el contacto hace años. La última vez que le vi fue en 2005 cuando le llevé a ver la exposición Paraules Divines al Museu Egipci de Barcelona, en el que había hecho un video con la reconstrucción 3D del templo de Karnak. La egiptologia: lo que ha acabado siendo mi pasión más plausible fuera de lo que ya hago cada día, ya había salido a mi superficie.

Como iba diciendo, hoy he llorado mucho.

Por que me he dado cuenta, después de una charla sobre las influencias de la vida esta misma tarde, que Harrison me había marcado la mía hasta tal punto que no sé quién sería yo hoy en día sin lo que viví con él: dibujo, fotografía, música, ciencia, obsesión por el detalle (Virgos, ya se sabe) y un puntito de locura y pasión.

Hoy tengo claro que no voy a poder llevar a nadie a la Luna. Ni ser un animador en Disney o Pixar. Esas etapas pasaron. Pero lo que sí tengo claro es que ambas cosas me llevaron a ser quién soy.

Harrison vivió sus últimos años con un borrón en la memoria. Cosas del cerebro, dicen los que saben. Y quizás la enfermedad fue compasiva con él, y le permitió guardar a buen recaudo algo de todo eso que os acabo de contar. Algo muy importante en mi vida que he querido compartir con vosotros a modo de auto-recuerdo y muestra del Marc más íntimo. Yo, desde luego, lo guardaré hasta que se me borre a mi.

Pero quizás el legado más importante que me dejó Harrison fue esa pasión por intentar inspirar a alguien con ganas de aprender cómo funciona el mundo. Sólo espero ser para Nil un poco lo que Harrison fue para mi.

Descansa en paz, al fin, Yayo Harry. Nunca podré agradecerte suficiente la persona en la que me convertiste.

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